MADRID / Luis Fernando Pérez: de estilos y de expresiones

11/12/2023 / Arturo Reverter

Madrid. Ateneo de Madrid. 9-XII-23. Grandes Intérpretes Fundación Più Mosso. Luis Fernando Pérez, piano. Obras de Chopin, Granados, Mompou, Debussy y Falla.

Una de las características del pianismo de Luis Fernando Pérez es la aclimatación a los estilos, la variedad de acentos, de registros y de expresiones, de tal manera que en sus dedos cada autor, cada música tienen su ser, su personalidad, su carácter. Gracias a una técnica muy acabada que logra aunar la digitación clara, la regulación dinámica –en virtud de un pedal muy preciso y de un apoyo a la tecla de suma elasticidad– y el fraseo elegante en un proceso evolutivo permanente que da lugar a interpretaciones de una lógica musical irreprochable. El sonido es siempre cristalino y de curiosas resonancias argentinas.

Todo ello enmarcado en un proceso analítico que se revela fructífero y que es lógica consecuencia de un meditado y provechoso estudio. No hay nada dejado a la improvisación. Lo que no impide en modo alguno que la música fluya y que nos llegue con una sorprendente naturalidad y frescura. La Balada nº 1 de Chopin, con la que se iniciaba su recital dentro del ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Più Mosso, ya nos puso en ruta tras los primeros acordes, seguros, firmes, vigorosos. Luego todo manó de forma lógica y fue construido desde dentro partiendo del Moderato inicial, piedra angular de una estructura que Bal y Gay consideraba simétrica y de un acusado romanticismo.

Este fue el que primó en las tres Mazurcas (op. 17 nº 2 y 4 y op. 30 nº 4) tocadas de forma transparente y con la acentuación precisa para revelar por qué estas obras constituyen una especie de gramática de la lengua del compositor, al mismo tiempo que un libro de horas para el pianista. Estábamos con ello metidos de hoz y coz en la atmósfera de lo mágico. El toque de Pérez se hizo más oscuro y más hondo para desgranar las piezas de Goyescas de Granados. Los gorjeos de La Maja y el Ruiseñor fueron reproducidos con finura y El amor y la muerte nos dejó el alma en vilo.

Música netamente española, con una sola excepción, para la segunda mitad de una sesión en la que el auditorio del Ateneo, atestado de público fervoroso, estaba a reventar. El pianista expuso, con la variedad de acentos requerida, las seis breves composiciones de Escenas de niños de Mompou, que nos llegaron limpias, ágiles, cada una con su esbelta configuración y su toque rítmico definitorio. Y qué mejor que una partitura de Debussy, que tanto influyó en el músico catalán, para continuar. Esta fue Clair de lune, de la Suite Bergamasque, que Pérez expuso suave y firmemente sin dejar de envolver a los pentagramas en esa suerte de veladura de ecos impresionistas y ensoñados. La sonoridad lograda fue la idónea.

Y enseguida vino el apasionamiento, el embrujo, el toque lejanamente jondo de la Suite del ballet El amor brujo de Falla, revisada por el compositor en 1915. Desde la Pantomima vimos que se nos situaba en otro mundo, en un ámbito colorista y brioso. Los distintos cuadros fueron pintados en esta ocasión con suficiencia de medios y sentido del ritmo, en un abanico tímbrico de amplios fulgores. Notas percutidas, cantos nocturnos, ecos terroríficos, magia. Las doce campanadas sonaron plenas y rotundas.

La Danza ritual del fuego rubricó un concierto cuajado de contrastes y que nos confirmó la valía de un pianista muy regular en sus modos, con muy escasas motas negativas, pero dotado de los medios que pueden conducir, como en esta ocasión, a la pintura, en unos casos a la acuarela, en otros al óleo, de una amplia panoplia de pentagramas. Pérez concedió un bis en forma de danza ligera. Pudo conceder más dado el éxito y los bravos con los que se le despidió.

Arturo Reverter

(fotos: Valentina Moreno)

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